
El hallazgo y la publicación de Suite francesa volvió a situar a Irène Némirovsky en la constelación de los escritores más importantes de su tiempo, propiciando la reedición de sus obras, algunas inéditas y otras injustamente relegadas al olvido. Entre las primeras se encuentra El caso Kurílov, excelente muestra de la incisiva caracterización psicológica que caracteriza todas las novelas de esta gran autora.
En la terraza desierta de un café de Niza, conversan Iván Baránov, antiguo miembro de las fuerzas de seguridad del zar, y León M. un curtido revolucionario bolchevique. Si bien ambos estuvieron implicados en el caso Kurílov, León M. se niega a revelar su identidad y detallar su participación en los hechos. Sin embargo, tras su muerte se halla un texto mecanografiado en el que esboza su recorrido vital y confiesa los entresijos del caso. En 1903, León recibe el encargo de ejecutar a Valerian Alexándrovich Kurílov, ministro de Instrucción Pública del zar Nicolás II, un atentado que los líderes del partido esperan convertir en un golpe definitivo al régimen imperial. Bajo identidad falsa, el joven León logra entrar al servicio del ministro, un hombre universalmente temido por su crueldad, pero que tiene los días contados debido a una grave enfermedad. Así que, a medida que el joven conspirador ahonda en el trato con su jefe, la realidad se llena de matices hasta volverse notable mente más compleja y poner a prueba el ardor revolucionario del protagonista.
El poder, la ilusión de tener en las manos el destino de otras personas, intoxica como el humo, igual que el vino. Cuando no lo posees, sientes un sufrimiento desconcertante, un malestar doloroso. Como ya he explicado, en otros momentos no experimento más que indiferencia, y que darme aquí, esperando la muerte, que avanza hacia mí en su lenta marea, me produce una especie de alivio. No sufro. Sólo por la noche, cuando sube la fiebre, un hormigueo insoportable me recorre el cuerpo y los monótonos latidos resuenan en mis oídos y me obsesionan. Al amanecer se me pasa. Entonces, enciendo la lámpara y me quedo sentado a la mesa ante la ventana abierta, hasta que se hace de día y al fin me duermo.
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