viernes, 6 de agosto de 2010

Gonzalo Torrente Ballester


Yo estaba en la biblioteca. Era ya el atardecer y mis ojos apenas leían las letras de aquel libro. Recuerdo prefectamente que se trataba de Los Maias, en cuyo mundo de pecado me había introducido con espanto y un extraño placer. Alguien abrió la puerta, alguien se acercó a mí. Pensé que sería una criada que venía a avisarme para la merienda, y seguí leyendo. Hasta que pude escuchar, a mi lado, casi junto a mi oído, palabras muy conocidas. "¡Meu meninho, meu pequeno Ademar!" Y en seguida me encontré entre los brazos de belinha, los dos llorando, los dos sin decirnos nada, más que los nombres: "Belinha", "Meu Ademar".
Filomeno, a mi pesar. Gonzalo Torrente Ballester.


Fue un verano aburrido y melancólico. Sotero no me hacía caso, siempre a solas con mis libros repitiéndome lo de la injusticia y otras zarandajas. Al final del verano se me ocurrió buscar algo que leer. Encontré una novela que se llamaba Las minas del rey Salomón, que me entretuvo bastante. Estaba en el anaquel junto con otros libros de mera literatura que me propuse leer en el verano siguiente, si es que tenía ganas de hacerlo que, a lo mejor, no.
Filomeno, a mi pesar. Gonzalo Torrente Ballester.

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